Banalizar el sexo ha traído consecuencias nefastas.

Por Ana Zarzalejos Vicens. ACEPRENSA.

¿A quién ha beneficiado la revolución sexual? Abanderada como una victoria de la causa feminista, resulta que, años después, las mujeres han salido perdiendo. Así lo defiende Louise Perry, escritora y activista, en su libro The Case Against the Sexual Revolution, en el que asegura que la promesa de libertad y autonomía que encerraban los cambios de la revolución sexual no se ha visto cumplida para la gran mayoría de las mujeres.

La tesis no es nueva. Ya en su ensayo de 1982, Hacia una revolución sexual feminista, Ellen Willis denunció el modo en que el libertinaje sexual omnipresente en la contracultura fallaba a las mujeres. Al igual que Perry, Willis lamentaba que se hubiese equiparado el deseo de amor y compromiso con la represión y que se hubiese exaltado el sexo sin emoción ni apego, como el ideal al que aspirar con un lema del tipo “hazlo como los hombres”.

¿Dónde está la novedad entonces? Quizá que viene de una voz que no siempre pensó como ahora. La propia Perry entona como un mea culpa que ella solía creer en el discurso del feminismo liberal.

Perry identifica el feminismo liberal con aquel que “se centra sobre todo en el derecho de las mujeres a elegir o consentir”. El mismo que, según la escritora, ha creado un tabú en torno a la discusión pública de los costes que ha tenido la revolución sexual.

La autora trabajó durante años en un centro de atención de crisis para víctimas de violación y ahí fue donde dejó de estar convencida de esa narrativa y creció su frustración al comprobar que ese feminismo no aportaba soluciones a los problemas reales de las mujeres.

Según Perry, se ha creado un tabú en torno al debate público de los costes que ha tenido la revolución sexual.

Perry − asegura ella misma − no es religiosa ni provida. Tampoco tiene nostalgia por el mundo previo a la revolución sexual, pero sí que quiere responder de verdad a una pregunta: ¿Qué quieren en verdad las mujeres y qué es lo mejor para su bienestar?

Una realidad simple y polémica: hombres y mujeres son diferentes

Perry pone los cimientos de su argumentación en una realidad tan evidente como provocativa hoy en día: los hombres y las mujeres son diferentes. Y no solo biológicamente, sino también en su psicología y de una manera que marca su manera de entender la sexualidad.

Aunque reivindicar las diferencias no esté de moda hoy en día, Perry señala que negarlas no es “coherente intelectualmente” y denuncia que el constructivismo, que sostiene que las diferencias no son innatas, sino culturalmente enseñadas, es una teoría que perjudica a las mujeres a largo plazo.

No está sola en su percepción. Camille Paglia, escritora e icónica feminista, también ha entrado en guerra con el feminismo hegemónico por esta misma cuestión. «La igualdad política de las mujeres, totalmente deseable y necesaria, no va a remediar la separación radical entre los sexos, que empieza y acaba en el cuerpo», sostiene la intelectual.

Por eso, para Perry, si queremos crear una sociedad que respete a las mujeres, la pregunta debería ser: «¿Qué tiende a desear una mujer, dado el tipo de animal femenino que es, con las capacidades reproductivas específicas que suele tener?».Erika Bachiochi, investigadora en el Ethics and Public Policy Center y en el Abigail Adams Institute, llega a la misma conclusión en su obra The Rights of Women: Reclaiming a Lost Vision:

para atender de verdad las necesidades reales de las mujeres, hay que conocer sus especificidades.

Estas feministas, por tanto, no ven la biología femenina como un obstáculo a superar para alcanzar la igualdad, sino como una realidad que hay que reconocer y conocer para así poder hacer “hacer inferencias informadas sobre el bienestar femenino en particular”.

De reprimidas sexuales a reprimidas emocionales

¿Qué esperan y quieren las mujeres del sexo? Perry no niega que existan mujeres que quieran un sexo casual y sin compromiso, simplemente señala que no son la mayoría.

La conclusión de la escritora es que las mujeres, en general, prefieren relaciones estables, comprometidas y en las que el sexo tenga también un significado emocional y afectivo.

Sin embargo, la revolución sexual popularizó la idea de que lo único que detenía a las mujeres de una sexualidad tan libre como la masculina era el miedo a quedar embarazada.

«Así, a finales de los años 60, llegó al mundo una criatura totalmente nueva: la joven aparentemente fértil, cuya fertilidad había quedado en suspenso. Ella lo cambió todo», explica Perry, hablando de la llegada de la contracepción.

Esto no es una enmienda a la totalidad de las consecuencias de la revolución sexual por parte de Perry, que reconoce el potencial que tuvo el movimiento para que las mujeres se incorporaran plenamente al mundo profesional y para terminar con la naturalización de la maternidad. De hecho, al contrario que Bachiochi, Perry está a favor del aborto, aunque considera que sus consecuencias no se tienen suficientemente en cuenta.

Sin embargo, banalizar el sexo ha traído consecuencias nefastas, mantiene la escritora. La autora sostiene que el sexo se ha vendido como un acto que solo tiene importancia que la persona quiera darle y cuyos límites solo los marca el deseo. Lo que quiere decir, dice Perry, que se ha vendido una mentira. De hecho, el primer capítulo lleva por título toda una advertencia: “El sexo debe ser tomado en serio”.

Perry mantiene que, con un poco de sentido común, uno es capaz de darse cuenta de que el sexo no es como cualquier otra actividad que se puede realizar por placer, y actuar ignorando eso perjudica a las personas, especialmente a las mujeres, que esperan más del sexo y que sufren más sus consecuencias.

Sin embargo, en un mundo posrevolución donde el mensaje es “ten todo el sexo que quieras, pero evita enamorarte”, las mujeres sienten la presión de decir que sí a prácticas sexuales con las que no se sienten cómodas y de las que no disfrutan; y los sentimientos son una enfermedad que hay que evitar a toda costa. Las mujeres que desean un mayor compromiso son tachadas de “tóxicas” y de querer “aferrarse”.

En definitiva, advierte Perry, «la historia de la revolución sexual no es solo una historia de mujeres liberadas de las cargas de la castidad y la maternidad, aunque también lo es. También es la historia del triunfo del playboy, una figura que con demasiada frecuencia se olvida y se perdona, a pesar de su papel central en esta historia aún reciente». De hecho, en este marco, Perry propone una relectura del movimiento MeToo: «Esta avalancha de rabia y dolor era la prueba de una cultura sexual que no funcionaba para las mujeres. Las historias que surgieron de MeToo incluían muchos comportamientos inequívocamente delictivos, pero también había muchas mujeres que describían encuentros sexuales que eran técnicamente consentidos, pero que, sin embargo, las dejaban sintiéndose terriblemente mal porque se les pedía que trataran como algo sin significado algo que para ellas era importante».

«Cuando intentamos desencantar el sexo, entonces hay otro tipo de coste, que recae de forma desproporcionada en las mujeres».

Aunque contraria a Perry en muchos aspectos, la columnista Jessica Valentini recogió la misma idea en The Guardian en un artículo publicado a la luz del MeToo: “Es cierto que las mujeres están hartas de la violencia y el acoso sexual; pero también es cierto que lo que esta cultura considera un comportamiento sexual ‘normal’ es a menudo perjudicial para las mujeres”.

En los años 80, algunas feministas ya se dieron cuenta de que liberación sexual y liberación de la mujer no son lo mismo. Sheila MacLeod escribió sobre el descubrimiento de su generación de que “el mundo de las fantasías masculinas cumplidas no aportaba nada a la suma de su propia felicidad”.Michelle Goldberg, periodista y autora, reflexiona en el New York Times sobre el impacto real de la liberación sexual: «Se supone que el feminismo alivia la disonancia entre lo que las mujeres quieren y lo que creen que deben querer. El feminismo sex positive fue capaz de hacer eso para las mujeres que se sentían oprimidas por los tabúes sexuales y presionadas para negar sus propios deseos. Pero hoy eso parece menos relevante para las mujeres que se sienten embrutecidas por la expectativa de que estarán abiertas a todo».

El consentimiento, la (insuficiente) solución del feminismo actual

Perry señala que donde el feminismo liberal ha fallado a las mujeres es en la idea de poner el consentimiento como único criterio de libertad en una decisión.

Según este principio, «una mujer debe poder hacer lo que quiera, ya sea vender sexo o invitar a la violencia sexual consentida, ya que todos sus deseos y elecciones deben ser necesariamente buenos, sin importar de dónde vengan o a dónde lleven».

La idea de que no existe una moral sexual más allá de la capacidad de consentir de las personas implicadas no convence a Perry: «Soy crítica con cualquier ideología que no equilibre la libertad con otros valores, y también soy crítica con el fracaso del feminismo liberal a la hora de cuestionar de dónde viene nuestro deseo de un determinado tipo de libertad».

La autora acude a la industria de la pornografía para subrayar que, si algo se puede aprender de las antiguas trabajadoras del mercado sexual que ya no ejercen, es que “el consentimiento es frágil”. Por eso critica que el movimiento no sea capaz de asumir que había algo de erróneo en los planteamientos desde el origen: «De ahí deriva la falsa creencia de que las mujeres siguen sufriendo solo porque el proyecto de liberación sexual de los años 60 está inacabado, y no porque siempre ha sido inherentemente defectuoso. Así, recetan más y más libertad y se sorprenden continuamente cuando su receta no cura la enfermedad». En fin, no hay libertad en todo lo que uno consiente.

El consejo final de Perry: “Haz caso a tu madre”

Bajo el lema de “haz caso a tu madre”, la autora termina el libro con unos consejos que aseguran que el sentido común es, al final, más sabio que cualquier teoría.

Consejos como casarse, no emborracharse con hombres desconocidos, esperar un tiempo antes de tener sexo cuando inicias una relación o directamente no tenerlo si no piensas que no va a ser un buen padre.

Por supuesto, Perry no ha salido indemne del libro y ha recibido críticas por sus planteamientos desde varios puntos de vista.

La escritora Emma Collins señala que Perry «hace un flaco favor a las mujeres cuando pone en duda repetidamente su capacidad de resistencia a las fuerzas culturales» y critica que Perry sostenga la idea de que “nuestras opciones están muy limitadas porque somos criaturas impresionables que absorben los valores y las ideas de nuestro entorno”.

Julie Bindel, periodista y activista feminista, señala que coincide con Perry en muchas cosas, pero subraya que ella «nunca recomendaría a las mujeres invertir en un hipotético cinturón de castidad y aceptar como inevitable que los hombres violen a menos que los contengamos». En cualquier caso, la visión de Perry de que habrá una contrarrevolución no está desencaminada. En un reportaje de BuzzFeed varias jóvenes comentan cómo les ha influido la cultura sexual en la que viven: «Parece que nos han engañado para que nos explotemos a nosotras mismas y nos han engañado para que pensemos que ha sido nuestra idea».

Perry confía en que este movimiento venga acompañado de un nuevo feminismo: «Una feminista posliberal no es más que una feminista liberal que ha visto de cerca la realidad de la violencia machista».