Cuidar de personas vulnerables no es solo una cuestión social o sanitaria.

Por Carmelo Gómez Martínez. Enfermero Especialista Geriatría. Sociedad Española de Geriatría y Gerontología.

Después de meses tras la publicación del Acuerdo del Consejo Territorial de Servicios Sociales y del sistema para la Autonomía y atención a la Dependencia (BOE núm. 192, del 11 de agosto de 2022) sobre criterios comunes de acreditación y calidad de los centros y servicios del Sistema para la Autonomía y atención a la Dependencia, con una mayoría simple de diez votos contra nueve, del Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030 del Gobierno de España, sabemos que todavía queda mucho camino por recorrer antes de alcanzar sus objetivos sustanciales. Nos gusta que la atención centrada en la persona (en adelante ACP) haya adquirido el papel dominante que merece. Pero es indudable que hablar de algo tan subjetivo como el concepto de persona conlleva no pocos riesgos.

En nuestro país, bajo el paraguas de la obsoleta definición de residencia del IMSERSO, se amparan múltiples maneras de atender a los mayores, y desgraciadamente no todas son adecuadas. No hay muchas instituciones destinadas exclusivamente a mayores autónomos, o al menos en el modelo asistencial recogido por la Ley 39/2006, más conocida como Ley de Dependencia. La inmensa mayoría de las residencias de mayores están ocupadas por personas con un nivel de dependencia funcional que oscila entre el grado 2 y el grado 3, esto es, moderada o muy severa dependencia. De estas, un porcentaje importante corresponde a personas que sufren  enfermedades neurodegenerativas y vasculares, tales como la demencia, el Parkinson, y también aquellas que sufren las secuelas de eventos cerebrovasculares. Además, una abultada proporción de los mayores que viven en las residencias se encuentran en situación de final de vida, carentes de unos cuidados paliativos estructurados, organizados y bien dotados en cuanto a recursos. Tampoco podemos olvidar que, a pesar de los pasos dados por el máximo órgano de los fiscales del Ministerio del Interior, todavía queda mucho para disminuir, si no eliminar, el uso de sujeciones y contenciones en personas mayores. Tras lo expuesto, es indudable como sobresale la cuestión de la vulnerabilidad humana de los habitantes de las residencias. Es incontestable lo prolijo del conjunto de problemas de naturaleza ética que las acompaña.

Quizás por este motivo no se entiende muy bien que documentos de tan alto nivel como es un acuerdo del Consejo Interterritorial del Ministerio de Derechos Sociales, carezca en su planteamiento de bases conceptuales de una visión ética de peso.

La ética trasciende la norma jurídica; de hecho, la inspira a la hora de regular, promoviendo, previniendo o sancionando, determinados comportamientos relacionados con la ética. La norma solo es una faceta instrumental de la ética, el iusnaturalismo, y por ello parcial y segmentada. No debemos dejar caer toda la responsabilidad de la regulación ética de la actividad de cuidado que se presta en las residencias, al menos en el modelo planteado en el documento del Ministerio, a la buena fe de quien interprete aquello que cada uno entienda que es la ACP.

Cuidar de personas vulnerables no solo es una cuestión social o sanitaria. Es una cuestión que pertenece al mundo de lo humano, y por ello de lo ético. Tampoco se puede reducir la visión ética del cuidado institucional a la faceta biológica o biomédica. Extrapolar el modelo de supervisión ética que caracteriza a las instituciones sanitarias a las residencias de mayores es erróneo, por lo incompleto del planteamiento. Si ya en el modelo biomédico se cuestiona la llamada “bioética”, en las residencias no puede plantearse otro patrón que el de la “ética asistencial”.

Recordemos, que uno de los puntos más débiles del actual modelo de residencias es la carencia de un modelo ético propio que sustente y destaque “lo humano” de las personas a las que cuidan. Quizás es el momento más propicio para que la Geriatría aporte al anhelado nuevo modelo institucional la virtuosidad de su planteamiento integral e integrado, el mismo que la caracteriza y desmarca de otras especialidades. Es tiempo de introducir modelos éticos basados en el “personalismo” que complementen y enriquezcan al modelo “bioético”.