Hay señales que alertan sobre un posible suicidio.

Por: FERNANDO RODRÍGUEZ BORLADO. ACEPRENSA.

Según un informe reciente de UNICEF, cada año se quitan la vida en todo el mundo cerca de 45.000 jóvenes entre 10 y 19 años, la gran mayoría –35.000– después de cumplir los 15.

En España, tanto la ideación suicida como los suicidios consumados –en relación a la población– son menos frecuentes que en la media europea. No obstante, los datos de los últimos años son preocupantes. El Instituto Nacional de Estadística ha publicado recientemente los referidos a 2021. En este año se quitaron la vida 22 menores de 15 años, la cifra más alta de la serie. Los suicidios también aumentaron en la franja de los 15 a los 29 años: fueron 16 muertes más que en 2020, lo que también supone un incremento significativo, aunque menor en proporción al total.

Otra fuente interesante de datos es la Fundación ANAR, que cuenta con el principal teléfono de asistencia para estos casos. De acuerdo con su último informe, las llamadas de jóvenes por ideación suicida o intento de suicidio se han multiplicado por 25 en la última década. Cada vez más, predominan las realizadas por chicas, especialmente entre los 13 y los 17 años.

Un enfoque novedoso

Los expertos en este ámbito recalcan la necesidad de contar con estrategias de prevención avaladas por la experiencia y, a ser posible, replicables a gran escala. En 2015, SEYLE (Saving and Empowering Young Lives in Europe), un proyecto de doce países europeos para reducir las conductas suicidas a través de intervenciones en el ámbito escolar, presentó un estudio en el que se comparaba la eficacia de tres enfoques. En total, participaron más de 11.000 escolares de distintos países, a los que se dividió en cuatro grupos (uno para cada enfoque, más un grupo de control).

De las estrategias de prevención probadas en una investigación europea, solo YAM consiguió mejoras significativas.

Uno de los enfoques probados fue el QPR (siglas de Question, Persuade and Refer), que consiste en formar a adultos para que puedan detectar síntomas de ideación suicida, concienciar del riesgo a quien los sufre y referirlo a un especialista. El segundo modelo fue la atención clínica “tradicional”, llevada a cabo por psiquiatras profesionales. Aunque ambas estrategias consiguieron reducir ligeramente las conductas o ideaciones suicidas, las diferencias con respecto al grupo de control no fueron relevantes.

En cambio, el tercer enfoque sí consiguió una mejoría significativa. Esta estrategia, conocida como YAM (Youth Aware of Mental Health) y desarrollada por el Instituto Karolinska de Suecia, consiste en juntar a varios jóvenes de una misma escuela para que conversen sobre temas relacionados con la salud mental durante cinco sesiones de 50 minutos. Dos adultos formados en el método guían la reunión, aunque dejan un gran margen de actuación a los propios estudiantes, porque se trata de crear un contexto deliberadamente informal de manera que se sientan relajados y confiados para expresarse sin miedos. En algunas de las sesiones se utiliza la metodología del “juego de roles”; en otras, la conversación parte de unos materiales repartidos por los adultos: diapositivas, carteles o textos.

Menos conductas suicidas, más petición de ayuda

Según los datos publicados en el estudio, doce meses después de la intervención, las tasas de intentos de suicidio y de ideación suicida severa entre quienes participaron en esta estrategia fueron un 50% menores a las del grupo de control. La prevalencia de cuadros depresivos también se redujo un 30%.

Si bien es cierto que esta investigación cuenta con algunas limitaciones estadísticas –la principal, no tener en cuenta las conductas suicidas previas de los participantes–, otras características (el tamaño muestral, la asignación por azar de los estudiantes a cada grupo, o el control de múltiples factores demográficos) hacen de ella una fuente de información muy relevante. Desde su publicación, el método YAM se ha aplicado en muchos países. En Europa, Suecia es la más adelantada, pero también se ha desarrollado en Noruega, Reino Unido o Austria. Sin embargo, aún no se han publicado los resultados de estos programas nacionales.

Sí, en cambio, los de Estados Unidos (2020) y Australia (2021). La muestra de participantes fue mucho menos numerosa que en el estudio europeo (unos 500 estudiantes en cada uno). Por otro lado, a diferencia de este, la eficacia del programa YAM no se midió en los experimentos norteamericano y australiano con respecto a un grupo de control, que no existía, sino en comparación con el historial psiquiátrico previo de los estudiantes, que ahora los investigadores sí tuvieron en cuenta.

En ambos casos, los resultados fueron muy positivos. Los estudiantes australianos que participaron en las sesiones YAM mostraron una reducción significativa en cuanto a ideación suicida y crisis depresivas. Los de Estados Unidos mejoraron mucho sus actitudes acerca de la salud mental propia y ajena: estaban más dispuestos a hablar de ella con amigos y adultos, a buscar ayuda cuando la necesitaran, y también mejor preparados para reconocer los síntomas tanto en ellos mismos como en los demás.

Galicia, pionera en España

Hasta ahora, en España no se había desarrollado plenamente un programa YAM (aunque algunos jóvenes fueron seleccionados para el estudio europeo), pero recientemente la Xunta de Galicia ha anunciado su intención de aplicarlo el próximo curso. La implementación se plantea como un ensayo clínico en el que 2.000 alumnos de 4º de ESO recibirán la intervención y otros 2.000 formarán el grupo de control. Si los resultados son positivos, se extenderá de forma progresiva al resto de estudiantes de 4º de la ESO, hasta llegar al total de 20.000 participantes en el curso 2026-27.

Alejandro García Caballero, psiquiatra y coordinador de los programas de promoción de la salud mental en la Xunta, será uno de los principales líderes del proyecto. Conoce en profundidad la estrategia YAM, y sus resultados en otros países.

Según García Caballero, impulsor de YAM en España, hace falta cambiar el ideal de felicidad que la sociedad propone a los jóvenes

En declaraciones a ACEPRENSA, García Caballero confirma el incremento de casos de atención hospitalaria por intentos de suicidio. En el Servicio Galego de Saúde los ingresos de menores por esta causa se triplicaron en 2021 con respecto al año anterior. Además, datos del Instituto de Medicina Legal de Galicia del mismo año confirman el aumento de los fallecimientos (9, frente a 2 y 5 en los años anteriores) y el cambio de perfil del suicida: ahora predominan las chicas de entre 16 y 17 años.

Cambios sociales en la crianza

Según García Caballero, estos fenómenos tienen una explicación multifactorial. Por un lado, el aumento de la desigualdad económica en las últimas décadas ha incidido especialmente en la salud mental de los jóvenes de familias desfavorecidas.

Otro factor a tener en cuenta es la incidencia de las pantallas. Su importancia queda clara en el estudio recientemente elaborado por Antonio Rial Boubeta para UNICEF, titulado Impacto de la tecnología en la adolescencia. De los más de 50.000 adolescentes españoles encuestados, aproximadamente un tercio presenta un uso adictivo de internet, y uno de cada diez ha recibido proposiciones sexuales de un adulto por este medio.

Por otra parte, la aceleración de los cambios puberales (inicio anticipado de la adolescencia) adelanta la “despedida” de los padres y la identificación con el grupo de pares. En los adolescentes, esa abdicación del referente adulto es sustituida por los modelos ideológicos y de conducta de las redes sociales, que imponen un nuevo “voluntarismo mágico” resumido en el lema de Barbie: “puedes ser lo que quieras ser”.

Un ideal maduro de felicidad

A esto hay que unir cambios profundos en la subjetividad social. Mientras que la adolescencia hace años era un período de transición a la vida adulta, ahora representa la etapa de referencia, también para los adultos (adultescentes), que pasan a regir sus vidas con claves como la inmediatez, la inconstancia y el hedonismo, que sirven a los dictados del consumo.

Ese modelo social que busca la felicidad inmediata a través del consumo y que promete fantasías que luego no se cumplen, conduce a los adolescentes a una fragilidad extrema ante el fracaso, ya que por un lado se les ha prometido todo, y por otro la sociedad les recuerda con frecuencia que “van a vivir peor que sus padres” o que el “ascensor social” se ha parado. Ante la incertidumbre respecto al futuro (si no se ha enseñado a postergar la recompensa o esta se muestra elusiva y distópica) solo queda el ahora; y cuando este es doloroso (acoso, abuso, rechazo…), aparece la ideación suicida. Debido a la naturaleza social de estos cambios, la solución pasa por generar un “contra-consenso” que desafíe los consensos establecidos sobre la crianza y la maduración. Para ello, conviene generar espacios de reflexión grupal, tanto con adolescentes, como con progenitores y docentes. Esto es precisamente lo que ofrece el modelo YAM, y la razón de su éxito.