La Dra. Carmen Sánchez Alegría.

Marta Otero. La Voz de Galicia.

La doctora Carmen Sánchez Alegría critica la medicalización de la vida y reivindica la humanización de la sanidad y el poder curativo de un abrazo

Más de treinta años de experiencia en la sanidad le han servido a Carmen Sánchez Alegría para comprobar en directo el poder curativo de un abrazo. Ahora lo cuenta sin miedo a las críticas en su libro El amor es la mejor medicina (Editorial Vergara). «Sí, un abrazo cura y yo lo firmo en blanco si hace falta, porque lo compruebo todos los días en mi consulta», sostiene esta doctora de urgencias.

—Dice en la portada de su libro: «Descubre la energía sanadora que todos llevamos dentro». ¿De dónde viene?

—La energía sanadora viene del amor, que es nuestra verdadera esencia. Está debajo de muchas otras capas de miedo, de paradigmas, de creencias que nos han hecho ir asumiendo a lo largo de nuestra vida y de zancadillas que nos ponemos a nosotros mismos. Si quitáramos todo eso capas nuestra verdadera esencia es amor y el amor siempre es sanador.

—¿Nuestra mente tiene más poder del que pensamos sobre nuestro cuerpo?

—Tenemos que ser muy cuidadosos con lo que pensamos, porque a veces no somos conscientes, pero nuestras células escuchan todo y nuestro inconsciente se lo cree todo: lo bueno y lo no tan bueno. Por eso las palabras pueden ser curativas o también pueden enfermarnos.

—¿Cree que los médicos cada vez entienden menos de almas?

—Es que a los médicos no se nos enseña a mirar al paciente como un todo, eso lo tiene uno que aprender por su cuenta. Sabemos mucho de todo tipo de asignaturas, que son muy duras, y al final entiendes el cuerpo humano como un todo, pero desde el punto de vista físico.

—¿La sanidad cada vez está más deshumanizada y la vida más medicalizada?

—Estamos medicalizando la vida cada vez más. En mi última urgencia me llevaron a un niño de 11 años para que le pusiera medicación para la ansiedad, porque estaba muy angustiado porque sus padres se estaban separando. En la noche de Navidad a las cinco de la mañana llegaron una mamá y su hija de 13 años para pedirme por favor que les metiera algo en vena. La niña estaba triste porque su papá estaba ingresado. Estamos en una sociedad que quiere pastillas para todo: para dormir porque tenemos estrés, para despertarnos porque tenemos un examen, porque hemos roto con nuestra pareja, porque hemos discutido con el vecino, porque no me han traído los reyes lo que he pedido…

—¿Este infantilismo lo promueven también mucho las redes sociales, esa obligación de tener una vida perfecta?

—Eso es un peligro, porque a las redes sociales nos asomamos con nuestra mejor versión y nuestra mejor cara, pero eso no es la vida. La vida tiene momentos estupendos, pero otros en los que las cosas no nos salen como queremos. Y eso no quiere decir que estemos abocados al sufrimiento. Si eres capaz de superar una dificultad y no de anclarte en ella ni quedarte con que eres un desgraciado, te das cuenta que esa vivencia es una oportunidad impresionante para crecer.

—Otro de los grandes males actuales es la soledad. ¿Esto también enferma?

—Detrás de todas las patologías hay algo que tiene que ver con el estado emocional. Y, por supuesto, no es lo mismo superar una enfermedad cuando tienes personas que te nutren y te rodean con cariño que si no las tienes. Ante dos procesos iguales una persona que tiene una buena dosis de abrazos diarios cura mucho más rápido y con menos dolor y secuelas. Es muy difícil que haga efecto una medicación en una persona que ha tirado la toalla, no tiene ganas de vivir ni sabe con quién compartir esa vida.

—Es usted consciente de que va a recibir críticas por decir que un abrazo cura.

—Pues es que yo lo firmo en blanco si hace falta porque lo compruebo en mis consultas todos los días. Cada vez hay más trabajos de investigación que lo corroboran, pero a veces no hace falta hacerlos porque son tus propios pacientes los que lo demuestran. Un abrazo es curativo en todos los idiomas, las edades y las escalas sociales. Hay un estudio sobre el colesterol en cobayas en el que se hicieron dos grupos: las alimentadas de forma sana y las alimentadas con chocolate (o comida insana). Los resultados mostraron que las segundas tenían mejores analíticas, algo que no cuadraba, hasta que se descubrió que la persona que les daba el chocolate los cuidaba, les hablaba, los mimaba y los acariciaba mucho.

—¿Las patologías han aumentado con la soledad de la pandemia?

—Uno de los mayores estragos que sufrimos con la pandemia fue la soledad y el aislamiento. Ahora lo estamos pagando eso con muchos casos de ansiedad, depresión y patologías psiquiátricas en personas han sido obligadas a vivir en soledad y aisladas. El miedo mata, y eso es muy duro para una persona de 80 años que se ha visto abocado a estar solo y ni siquiera ha tenido contacto con sus seres queridos.

«Es terrible que una persona sepa que se muere y vea cómo sus familiares disimulan»

Cuenta la doctora Carmen Alegría en su libro que en muchísimas ocasiones ha visto como las personas han esperado para morirse en el momento adecuado.

—Lo llevo viendo 33 años. Al principio me llamaba mucho la atención, pero ahora ya no me la llama. Siempre digo que mis mejores maestros son mis pacientes y es verdad, porque de ellos he aprendido todas las lecciones auténticas de medicina que no vienen en los libros.

—¿Vivimos de espaldas a la muerte?

—Es cultural, es algo que no tenemos en cuenta. Cuando entendemos que la muerte forma parte de la vida valoramos más la vida y el cuerpo produce sustancias sanadoras. Muchos de mis colegas creen que la muerte es un fracaso terapéutico y se ensañan. Hay que procurar que esa persona que se marcha tenga tranquilidad y amor. Y también dar permiso. He visto muchas personas que en el momento de irse están tristes porque se dan cuenta de que han tirado su vida por la borda.

—¿Cómo es ese momento para un paciente, usted que lo ha vivido muchas veces?

—Una persona que ya tiene muy cerca la muerte y que ya ha superado los miedos tiene una especie de sabiduría especial. En ese momento ya ni siquiera hay dolor ni hay miedo, es amor, y ahí tienen una capacidad impresionante de entender las cosas y te transmiten una paz que no viene en los libros. A veces las familias no lo gestionan bien y muchas te dicen: «Por favor, que no se entere». Pero la persona lo sabe y es terrible que una persona sepa que se muere y vea cómo sus familiares disimulan. Ellos llorando en el pasillo y, mientras, el paciente solo en la habitación, llorando por separado. Es una pérdida de tiempo tan grande…