Teoría Queer.

Ana Zarzalejos Vicens. ACEPRENSA.

El sexo biológico juega un papel decisivo en la conformación de la persona y tenerlo en cuenta es clave a la hora de defender los derechos de las mujeres. Esta convicción une a muchas feministas que discrepan en otras cuestiones y ha hecho que algunas de ellas apoyen un proyecto liderado por Erika Bachiochi, investigadora en el Ethics and Public Policy Center y en el Abigail Adams Institute.

Fairer Disputations es el nombre de esta iniciativa, que se define a sí misma como “una comunidad internacional de académicos, intelectuales, periodistas y activistas que tiene como objetivo promover un feminismo realista desde el punto de vista sexual. Recopilamos y publicamos artículos de divulgación y académicos dedicados a defender una visión de lo femenino y lo masculino como expresiones encarnadas de la persona humana, con especial atención a las amenazas actuales para las mujeres y las niñas derivadas del tráfico sexual y la prostitución, la pornografía, la ideología trans y la tecnología reproductiva”.

Hace ya más de 150 años que unas mujeres se reunieron en una pequeña iglesia metodista en lo que ahora se considera la primera convención sobre los derechos de la mujer en Estados Unidos. De ahí surgió la Declaración de Seneca Falls, un texto fundacional del movimiento feminista. Además de denunciar las restricciones a las que se veían sometidas las mujeres, el manifiesto reivindicaba la libertad de conciencia y de opinión.

Fairer Disputations es el particular Seneca Falls de estas intelectuales modernas, aunque no luchan ahora contra un orden legislativo injusto. De hecho, todas son feministas autodeclaradas, agradecidas al movimiento por lo que ha hecho por ellas y que han dedicado gran parte de su carrera profesional a hacerlo avanzar.

El enemigo, para ellas, es ahora otro: la lógica del mercado que ha acaparado los cuidados y ha convertido la fertilidad en negocio, la cultura de la cancelación que restringe cada vez más el diálogo público sobre los derechos de las mujeres y, sobre todo, una visión que pretende erradicar el sexo como condición biológica que caracteriza a las personas como hombres o mujeres.

Cómo hemos llegado hasta aquí

La escritora Abigail Favale habla en el lanzamiento de Fairer Disputations sobre cómo el pensamiento ha ido evolucionando desde una visión feminista que quería distinguir entre lo que es biológico y lo que es estereotipo, a una perspectiva queer muy influida por el trabajo de Judith Butler, según el cual el sexo es un constructo social que cada persona puede autodeterminar.

Muchas de las autoras e intelectuales que forman parte de Fairer Disputations pensaron una vez así y vienen de un pasado de inmersión en los Estudios de Género de las universidades americanas y británicas en los que predomina la teoría queer. Experiencias como la propia maternidad o el contacto con mujeres víctimas de violencia fueron determinantes para que se dieran cuenta de que algo no marchaba bien y de que esta nueva forma de entender el sexo estaba perjudicando a las mujeres.

Es el caso, por ejemplo, de Louise Perry, escritora, activista y autora The Case Against the Sexual Revolution, para quien la promesa de libertad y autonomía que encerraban los cambios de la revolución sexual no se ha visto cumplida para la gran mayoría de las mujeres.

Perry trabajó durante años en un centro de ayuda para víctimas de violación y fue allí donde percibió que el discurso predominante sobre la liberación sexual como vía de empoderamiento, el consentimiento como única medida y el énfasis en que las mujeres se comporten igual que los hombres no estaba sino empeorando la violencia contra ellas.

Para otras autoras de Fairer Disputations, la caída del caballo se produjo cuando fueron madres o cuando pasaron por duros procesos de infertilidad. “Te crees aquello de ‘todos somos iguales’ hasta que tienes un bebé y te das cuenta de que eso no es así”, asegura Mary Harrington, que próximamente publicará el libro Feminism Against Progress. Estas feministas pelean por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, pero a la vez sostienen que no todas las experiencias son vividas de la misma manera por los dos sexos.

Otras detectaron que había algún problema antes incluso de saber quién era Judith Butler. Es el caso de la enfermera e investigadora clínica Jennifer Lahl, quien se dio cuenta de que el negocio que se estaba formando en torno a la fertilidad perjudicaba a las mujeres y solo perseguía intereses económicos.

La matemática Helen Joyce también ha llegado al activismo feminista por una vía menos convencional, al darse cuenta de la falta de correspondencia que hay entre la teoría queer y la realidad. “No vivimos en nuestros cuerpos ni somos dueños de ellos, sino que somos nuestros cuerpos”, advierte.

En estas feministas no hay nostalgia por un pasado anterior a la lucha feminista, pero sí hay una fuerte autocrítica y una gran sensación de que el sistema de pensamiento actual no está sabiendo dar respuesta a los problemas reales de las mujeres. Las autoras defienden que, especialmente desde la revolución sexual y la revolución tecnológica, la violencia contra las mujeres no ha disminuido, la brecha de la maternidad indica que no todo está conquistado, la fertilidad y el sexo se han convertido en un negocio, y se hipersexualiza a las niñas.

A las mujeres les vendieron que eso era ser igual a los hombres y que así se alcanzarían la igualdad, pero el feminismo se está dando cuenta de que asumir ese discurso ha creado un sistema de pensamiento viciado en el que las mujeres solo son válidas si son vistas como “hombres por defecto”, sin tener en cuenta sus especificidades.

Conocimiento y diálogo

Fairer Disputations recoge la necesidad que tiene el movimiento feminista de encontrar un suelo común. De hecho, muchas de ellas han visto que la divulgación de conocimiento es necesaria para su trabajo.

Jennifer Lahl abandonó su carrera en investigación clínica y ahora se dedica a la realización de documentales para “animar al diálogo”. Helen Joyce dejó su trabajo en The Economist para ejercer como directora de comunicación de la organización Sex Matters.

Si algo preocupa a estas mujeres es que el campo de diálogo se está haciendo cada vez más restringido. “Si no podemos tener discusiones sobre lo que significan ciertos conceptos, estamos perdidos”, defiende la filósofa y escritora Nina Power.

No todas piensan igual en muchos temas. Ni siquiera en asuntos tan divisivos y espinosos como la cuestión del aborto. Erika Bachiochi es una feminista contraria al aborto, mientras que Helen Joyce y Louise Perry defienden el derecho de las mujeres a terminar con sus embarazos.

En definitiva, aunque les une el reconocimiento del sexo biológico como una realidad indiscutible, Fairer Disputations recoge toda una serie de opiniones diferentes sobre cómo la sociedad debe responder a eso y en su plataforma se encuentran publicaciones de diversas tendencias como The Atlantic, The Wall Sreet Journal, The New York Times, Unherd o The Telegraph.

Detrás hay, en el fondo, un esfuerzo por recuperar el feminismo de las primeras olas, que sabía que el sexo era importante y existía, “pero no tenía por qué determinar tu carácter”, concluye Nina Power.

Lo que hay, en definitiva, es voluntad de dialogar y de entenderse en pro de algo mayor que la propia ideología particular: la defensa de los derechos y, como plantearon ya una vez aquellas valientes de Seneca Falls, la cuestión de “la verdadera y sustancial felicidad de la mujer”. Y de los hombres.

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