La soledad no deseada en mayores.

La soledad no deseada en mayores.

Isabel Coma Canella. Dra. en Medicina. Vicepresidenta de AGABI

Soledad en la era moderna

En pleno siglo XXI vivimos en un mundo hiperconectado. En lugar de hablar de vez en cuando con otra persona por teléfono fijo, como en el siglo pasado, tenemos siempre a mano un móvil que nos permite conectar de inmediato con alguien (conocido o desconocido) aunque esté en el último rincón del mundo, mediante llamada telefónica, wasap (hablando o escribiendo, de forma individual o en grupo), email, redes sociales… Podemos estar siempre en contacto con una, varias o miles de personas a la vez; podemos no estar solos ni un minuto del día.

Sin embargo, me atrevo a decir que estamos más solos que nunca. Quizá porque el móvil sustituye en muchos casos a esas reuniones de un grupo de amigos o familiares que antes se citaban en una casa, un restaurante o una cafetería para pasar varias horas juntos. En esas horas charlaban, reían, cantaban, se contaban sus vidas, enseñaban fotos de padres, maridos, mujeres, hermanos, hijos, de otros amigos… Y al final se hacían una foto todos juntos como recuerdo de aquella reunión.

Ahora nos parece que no hace falta salir de casa para pasar una tarde con otra persona; no hay que quedar en un sitio público. Resulta más práctico organizar esa misma reunión estando cada uno en su propia casa o en su lugar de trabajo. Si podemos hablar por un chat de grupo o por zoom, ¿para qué salir de casa como hacíamos en el siglo pasado? Además, cuando nos reunimos en un restaurante, cada uno de los allí presentes recibe continuos mensajes o llamadas al móvil que debe contestar de inmediato. Al cabo de unos minutos, si alguien nos hace una fotografía, la imagen que obtiene es la de un grupo de personas sentadas alrededor de una mesa donde cada uno habla o wasapea por su móvil con alguien que no está en esa reunión. Nadie habla con quien tiene a su lado o enfrente, sino con quien está conectado a su móvil.

Estas escenas pueden ocurrir a cualquier edad, pero se dan especialmente en los jóvenes. Ellos han nacido en el siglo XXI y no saben que antes la vida era distinta; más incómoda (o más bien con menos comodidades), pero más humana. Mucho más humana. En este siglo XXI resulta cada vez más frecuente ver a grupos de jóvenes reunidos que no hablan entre ellos, sino que cada uno habla o escribe desde su móvil a otras personas que no están en esa reunión. Si alguien no necesita llamar a otro, puede entretenerse con un crucigrama, un sudoku o algo parecido, mientras los demás hablan con su móvil. Lo que no suele faltar en esas reuniones es la foto de grupo. Después de una tarde en que cada uno ha conectado con otras personas ajenas a la reunión, uno de los allí reunidos hace la foto a todo el grupo. Pide una sonrisa y dispara la cámara. Nos veremos en la siguiente reunión. Hay que seguir cultivando las amistades.

¿Por qué tantas personas se encuentran solas?

Excepto a los muy ancianos, a todos (incluso si nacimos en el siglo XX) se nos ha contagiado la afición al móvil; poco a poco el mundo que nos rodea va estando cada vez más alejado; debería estar más cerca con tantos medios de comunicación, pero es al revés: la conexión de unos con otros (también entre los mayores) es cada vez más impersonal; nos reunimos menos físicamente, cada vez tenemos menos tiempo para sacar adelante nuestras obligaciones; tendemos a hacer muchas cosas en poco tiempo en vez de dedicar una tarde al aprendizaje de algo que nos enseña un amigo o cualquier otra persona. Además, desde que la IA está disponible en cualquier ordenador o teléfono, no hay que preguntar a un amigo cómo se hace esto o lo otro. Si la IA nos lo dice de inmediato, ¿para qué molestar a otra persona? Y llega un momento en que dejamos de tener amigos.

Todos estos cambios en la forma de vivir nos hacen sentir cada vez más aislados por falta de contacto cara a cara con los demás. Por supuesto que no todos estamos solos, pero sí lo está un porcentaje cada vez mayor de personas. Este estado puede ser transitorio, pero con frecuencia se convierte en duradero, en cuyo caso suelen surgir problemas para la salud física y mental.

Aunque muchos adolescentes se sienten solos, la tercera edad es la etapa vital donde se experimenta la soledad con más frecuencia. A estas alturas a muchos les falta el sentimiento de pertenencia a un grupo social; se reduce el número de sus amigos y disminuye la frecuencia de contacto con otras personas. Muchos que esperaban la jubilación para dedicar más tiempo a sus amistades, se dan cuenta de que ahora les resulta más difícil hablar con ellos. Con la edad surgen problemas en la familia, nuevas enfermedades, sordera, incapacidad física… y muerte. Algunos de nuestros mejores amigos ya se han muerto.

Impacto de la soledad en la salud física y mental

Por otra parte, la soledad también afecta al organismo. Diversos estudios han demostrado que la soledad crónica está relacionada con un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, hipertensión arterial y problemas del sueño. La ausencia de vínculos sociales estables puede provocar estrés prolongado, lo que debilita el sistema inmunológico y hace que el cuerpo sea más vulnerable a distintas enfermedades. En consecuencia, mantener relaciones sociales saludables no solo favorece el equilibrio emocional, sino que también contribuye de manera importante al cuidado de la salud física y a una mejor calidad de vida.

¿Cómo abordar la soledad?

Aunque sentirse solo en algunos momentos es algo normal, cuando la soledad se vuelve constante es importante actuar para buscar formas de conectarse con los demás en un nivel más profundo que el que proporcionan las herramientas digitales usadas de manera inadecuada. 

Una de las formas más efectivas de combatir la soledad es fomentar las relaciones sociales. Mantener el contacto con familiares, amistades o personas de confianza ayuda a crear una red de apoyo emocional. También puede ser útil participar en actividades grupales, como deportes, talleres, voluntariados o cursos, ya que permiten conocer nuevas personas y sentirse parte de una comunidad.

En algunos casos, la soledad puede estar relacionada con ansiedad, depresión o dificultades para relacionarse. Cuando esto ocurre, buscar apoyo profesional puede ser de gran ayuda. Psiquiatras, psicólogos y terapeutas pueden ofrecer herramientas para fortalecer las habilidades sociales, mejorar la autoestima y aprender a manejar las emociones.

Poco a poco, la sociedad va reaccionando ante este grave problema y cuenta ya con programas de voluntariado para acompañar a personas vulnerables, que, en sus casas o en los hospitales, sufren los efectos de la soledad no deseada.

¿Quiénes no sufren la soledad?

Aunque la soledad no deseada puede afectar a personas de cualquier edad, nivel económico o personalidad, y no existe un grupo completamente inmune, sí  hay perfiles y circunstancias que suelen proteger más frente a ella. Algunos grupos estadísticamente más protegidos suelen ser: Personas con vínculos afectivos sólidos y recíprocos, quienes participan activamente en comunidades, personas mayores integradas socialmente (no todas las personas mayores sufren soledad), y personas introvertidas que disfrutan del tiempo a solas, pero mantienen algunos vínculos importantes. Sin embargo, aunque a muchos lectores les pueda extrañar, me atrevo a decir que son más inmunes a la soledad aquellas personas que procuran un contacto casi continuo con Quien nos ha dado el ser, pues la vida de oración lleva a la auténtica amistad, no solo con Dios, sino también con otras personas, como demuestra la vida de numerosos santos.