
Gregory E. Kaebnick, editor de The Hasting Center Report, ha escrito una controvertible editorial sobre el artículo principal del número de julio-agosto de 2021, cuyo resumen es el siguiente:
Christopher Meyers, catedrático de filosofía de la California State University en Bakersfield, argumenta que un buen experto en bioética debe ser un activista. La pregunta decisiva para Meyers es hasta qué punto llevar ese activismo: cuánto riesgo personal se está dispuesto a asumir, hasta dónde influir en los colegas, cuánta perturbación institucional se está dispuesto a originar, en qué medida manifestarse airado. Meyers aboga por adoptar una posición equidistante entre dos extremos: la pasividad y el activismo beligerante. Ese activismo puede asumir influir a tres niveles: los individuos, las instituciones y las grandes estructuras sociales (niveles micro, meso y macro, en sus palabras). «El activismo entre los eticistas es prácticamente insignificante, pero, dentro del sector, el especialista en bioética clínica es el agente más apropiado para luchar por introducir cambios a nivel organacional».
En una época de indignación por los errores implacables, omnipresentes y abrumadores, la cuestión del activismo entre eticistas y bioeticistas y su equilibrada configuración es cada vez más importante. Nuestra revista solicitó comentarios sobre el tema a varios expertos, y sus respuestas no solo dan la bienvenida al llamamiento de Meyers, sino que van más allá.
«Es bueno ver que el tema del activismo en la bioética comienza a tomarse en serio», señalan Wendy Rogers, profesor del Departamento de Filosofía de la Universidad Macquarie (Sídney) y Jackie Leach Scull del Disability Innovation Institute de la Universidad de Nueva Gales del Sur (Australia). Y, concluyen: «alentamos a los bioéticos a no descartar el activismo a nivel macro, es decir, en las grandes estructuras sociales». «Para algunos temas, argumentan, el activismo incluso puede ser obligatorio».
Holly Vo, médico pediatra y miembro del Clinical Bioethics, y Georgina Campelia del Departamento de Bioética y Humanidades de la Universidad of Washington, coinciden con Meyers en que la bioética es intrínsecamente activista. Argumentan, además, que la justicia social en general, y el antirracismo en particular, han sido generalmente marginados de la bioética.
Carl Elliott, catedrático del Center for Bioethics y del Departamento de Pediatría y Filosofía de la Universidad de Minnesota, considera que: «Como profesión, la bioética ha adoptado un modelo de consulta que coloca al experto «en el centro de todo», pero hace que sea esencialmente un asesor con escasa capacidad de decisión».
Nuestra valoración
Cualquier experto en bioética ha de ofrecer públicamente las razones que llevan a identificar una alternativa como preferible a las otras en una cuestión con relevancia bioética. Así, participa en un diálogo público: ofrece sus razones frente a otras que puedan respaldar distintas alternativas, y ha de argumentar por qué su propuesta es más razonable. En cuanto experto en bioética, ésta es su responsabilidad, antes que tratar de ejercer presión para que se reconozca la opción que le parece correcta.
La propuesta que aboga por el activismo del experto en bioética no puede olvidar que su responsabilidad principal es dar razones de lo que propone, antes que hacer fuerza para que se acepte. Si todo se reduce a la presión o la fuerza (cultural, no física, pero fuerza y no razón), la auctoritas específica del experto resulta, en realidad, irrelevante, y el diálogo, el único terreno en el que puede sostenerse que una opción sea más razonable que otra, se desvirtúa y corre el riesgo de reducirse a erística, orientada a vencer y no a la búsqueda de la verdad. Es cierto que la bioética forma parte del conocimiento práctico que, a diferencia del teórico, es para la acción: un razonamiento orientado a comprender qué debe hacerse. Pero es razonamiento, no mera cuestión de sentimientos o adhesión afectiva a una opción, por eso identifica las razones para elegir una opción sobre otra.
El experto en bioética, entonces, ha de dar razones claras y accesibles, difundirlas, explicarlas; identificar con solidez los argumentos en contra de las opciones alternativas. Esto, en todos los niveles posibles: micro, meso y macro. Si eso es ser activista, entonces todo bioeticista tendría que ser activista. Pero si ser activista es presionar, entonces solo le corresponde en cuanto ciudadano, y no tiene para ello una autoridad específica. Esto no justifica, por supuesto, la ausencia de compromiso del experto en bioética; más bien tratar de no desvirtuar la fuerza específica de su aportación en cada caso: las razones para actuar de una manera y no de otra.
Carolina Pereira Sáez
Vocal de la Junta Directiva de AGABI