Informe sobre el aborto en España.

                           En el aborto se elimina una vida humana

Alfonso López Quintás. Religión en Libertad.

“Los hombres, no pudiendo fortalecer la justicia, se han concertado para justificar la fuerza” (Pascal)

Para obtener la debida precisión en el pensar y el valorar debemos hacer juego limpio y excluir el afán de manipular, que está movido por un afán de vencer, no de convencer. En el nivel al que pertenece la vida humana (plano de la realidad que suelo denominar nivel 2) no tiene sentido querer dominar, porque en él las experiencias fecundas, auténticamente humanas, son reversibles, dialógicas, colaboradoras. Es éste, como sabemos, un principio básico de la Antropología filosófica.

Juego sucio y manipulación. La manipulación tiende a dominar las mentes, las voluntades, la capacidad de discernimiento. Para mitigar el impacto que suele producir el acto del aborto, el manipulador utiliza arteramente el lenguaje. Así, al aborto lo denomina “interrupción voluntaria del embarazo” o, más asépticamente todavía, “IVE”. Una interrupción suele ser algo pasajero. Si, además es voluntario, presenta un carácter libre, término que goza hoy de gran prestigio, debido a su condición de “término talismán”. De manera artera, con la mera utilización de dos términos –“voluntaria” e “interrupción”– se pone un guante de seda a un hecho trágico: la anulación violenta de un ser de nuestra especie. Pero la realidad se impone: el aborto no es un hecho pasajero, sino definitivo; no es voluntario por parte de la víctima, sino impuesto.

Una forma recurrente de manipulación es plantear de modo unilateral el tema del aborto. Se empieza afirmando ‒punto 1‒ que hay jóvenes angustiadas a causa de un embarazo no deseado y hay que ayudarlas. De ahí se concluye rápidamente ‒punto 2‒ que es necesaria una ley proabortista. La afirmación del punto 1 es cierta, pero el planteamiento resulta inaceptable, por unilateral. La primera exigencia de todo buen planteamiento es que ponga sobre la mesa todos los datos del problema, antes de sacar conclusiones. Por tanto, al punto 1 habría que añadir un punto 2: En el aborto se elimina una vida humana. Si algún partidario del aborto piensa que, en ciertos momentos del proceso de gestación, no hay vida humana, debe demostrarlo con razones científicas. Actualmente, la ciencia y la técnica biológicas tienen un conocimiento suficientemente claro de esta cuestión. Pero este punto exige un tercero: Si reconocemos que se trata de una vida humana, debemos analizar si es lícito eliminarla. En caso de que el proabortista opine que sí, ha de saber que con ello se rompe el maravilloso consenso a que había llegado la humanidad de adoptar un respeto incondicional a la vida humana, tan incondicional que incluso, a veces, se respeta la vida de quienes han privado de ella a sus semejantes. Si, a pesar de todo ello, sigue defendiendo el aborto, sepa que no va a promover la felicidad de las mujeres que lo perpetren, pues sufrirán el temible síndrome postaborto, tormento oculto que no golpea la sensibilidad de los pueblos, pero no por ello deja de ser menos amargo para las infortunadas que lo padecen en soledad. Si ponemos estos cinco datos ante la vista, difícil nos va a ser elegir el aborto como salida óptima al problema planteado en el punto 1.

Necesidad de clarificar las ideas

Cuanto más complejo y grave es un problema, mayor precisión de ideas necesitamos, para ver por ejemplo que es un contrasentido arrogarse el derecho de eliminar una vida. Nuestros derechos fundamentales tienen como meta promover la vida humana, desarrollarla plenamente, dotarla de libertad creativa –no sólo de libertad de maniobra–, de sentido, de capacidad creativa en todos los órdenes. Tener un trabajo es necesario para ganar la indispensable autoestima. Por eso exigimos con razón nuestro derecho al empleo. De modo semejante, todo ser humano necesita un clima de acogimiento, un hogar. De ahí el derecho a una vivienda digna. Por otra parte, multitud de personas sienten el tirón de la trascendencia y se ven inclinadas al cultivo de la fe religiosa. Tienen, por tanto, derecho a hacerlo en un ámbito de libertad religiosa.

No es aceptable utilizar los vocablos con imprecisión táctica, a fin de defender las propias tesis a río revuelto. Si nos expresamos con el cuidado exigido por tan serias cuestiones, podemos afirmar nuestro derecho a cuidar la vida, porque es un don valioso que hemos recibido y hemos de mantenerlo y desarrollarlo para movilizar todas sus potencialidades. Pero sería injustificado arrogarnos el derecho de disponer de nuestro cuerpo. Sólo es justo disponer de los objetos, y nuestro cuerpo ostenta un rango inmensamente superior a todo objeto, por preciado que sea. Te doy la mano para saludarte y en ella vibra toda mi persona, mi viejo afecto, mi alegría por volver a verte. No hay objeto en el mundo que muestre ese poder de vibración. Mi cuerpo es la expresión viva de mi persona. Por eso merece el mismo respeto que mi espíritu. Puedo y debo colaborar con ellos, pero no disponer de ellos.

Conceder a las mujeres el derecho a abortar, sin demostrar que existe un conflicto inevitable entre dos vidas, es absolutamente ilícito, porque tal derecho no tiene la menor justificación. Solicitar un derecho para realizar un acto negativo, que está lejos de perfeccionarnos como personas, no tiene el menor sentido; más todavía, es un contrasentido. Hacerlo pasar como un signo de progresismo es un abuso manipulador del lenguaje que constituye un verdadero sarcasmo, un ataque a la capacidad humana de razonar y discernir. De modo semejante, no procede hablar de la “cultura de la muerte”. Si provoca la muerte, no es cultura. Si es cultura, fomenta la vida, no la destruye. No hay más cultura auténtica que la que promueve la vida.

Si es cierto lo antedicho sobre la práctica del aborto, deberíamos adoptar una actitud positiva frente a este problema y subrayar al máximo la necesidad de atender a las mujeres gestantes para que la zozobra que les provoca el futuro no las inste a someterse al trauma del aborto. La meta no es facilitar el aborto y condenar a las madres a una desazón interior implacable, sino evitar todo aborto mediante la atención generosa y constante a quienes tienen el privilegio de crear vida y llevarla a pleno desarrollo. De esta forma ganamos todos: los nuevos seres llamados a compartir la vida con nosotros, las mujeres que los gestan y crían, la sociedad en torno, que tendrá la dicha de colaborar con ese himno a la vida que es todo nacimiento.

Seguir el otro camino ‒promover una práctica destructiva, con la fuerza si es necesario‒ supone cerrar la vía de una solución auténtica y hacer un flaco servicio a la convivencia democrática.

Preguntas urgentes sobre el aborto

  1. Abortar significa poner en juego métodos violentos para destruir una vida en gestación. La única justificación para ejercer ese tipo de violencia extrema sobre un ser indefenso es –se dice- el derecho de la madre gestante a “actuar con toda libertad”. ¿De qué tipo de libertad se trata? De la más elemental, la “libertad de maniobra”, la capacidad de actuar sin más criterio que la propia voluntad, desvinculada del bien de los demás, sobre todo del ser humano que se halla todavía en camino hacia su plena configuración.
  2. Se atribuye a las madres “el derecho al aborto”. Esta expresión implica una contradicción en sus términos, lo cual es una perversión lógica. Todo derecho brota en nosotros por la profunda razón de que necesitamos ciertas posibilidades para cumplir nuestros deberes, hacer el bien y desarrollarnos como personas. Los derechos que nos asisten están, pues, destinados a promover la vida, no la muerte. Hablar de “derecho al aborto” constituye un atropello intelectual que desvirtúa, de raíz, cualquier decisión legislativa, que, como es obvio, debe basarse en el uso de la recta razón.
  3. Los que, al destruir una vida inocente, roban el don más preciado a un ser de la especie humana, bien dotado por la naturaleza para ser una persona como nosotros, ¿qué nombre merecen? Los que justifican tamaño latrocinio –el más dañino de todos- ¿merecen la misma calificación?
  4. ¿Tiene sentido ocultar que es moralmente ilícita la práctica del aborto aunque haya sido legalizada por un parlamento, que carece de ideas claras sobre la grandeza de la vida humana desde la concepción hasta la muerte? Pensémoslo a fondo, porque vale la pena salir de dudas.
  5. Todo parlamento está llamado a promover la vida personal y social de los ciudadanos presentes y futuros de un país. Si una institución social lleva a destruir la vida personal, se devora a sí misma, pues no cumple su función primaria, sino justo la contraria. Pervierte su condición básica. Los parlamentarios que no promueven la vida de los ciudadanos y la renovación generacional ¿traicionan la función que les está encomendada?
  6. Una sociedad que permite estas anomalías ¿puede ser considerada en serio como normal en cuanto a su capacidad racional de pensar, razonar y discernir? No olvidemos que un país gobernado de forma anormal corre serio peligro de destruirse.