Jubilación de un médico.

          La jubilación puede generar incertidumbre 

Gabriela Traviesa Soria

Longevidad, identidad profesional y dignidad humana: una mirada desde la Tanatología y la Bioética

La medicina más allá del tiempo

«No me he jubilado todavía, aún tengo pacientes. A los médicos los jubilan sus pacientes».

Estas palabras, compartidas por una querida amiga médica, me invitaron a reflexionar sobre una dimensión de la longevidad que pocas veces abordamos con suficiente profundidad: el significado de continuar ejerciendo una vocación cuando la sociedad comienza a considerar que ha llegado el momento de retirarse.

La medicina no es únicamente una profesión sustentada en conocimientos científicos. Es también una relación humana construida sobre la confianza, la vulnerabilidad y la responsabilidad de cuidar. Durante décadas, el médico acompaña historias de vida, presencia el sufrimiento, comparte esperanzas y aprende que, aunque no siempre sea posible curar, siempre existe alguna forma de cuidar.

Cuando esa relación se prolonga durante muchos años, la identidad profesional puede convertirse en una parte fundamental de la identidad personal. Por ello, la jubilación no representa necesariamente una simple transición administrativa, sino que puede implicar una transformación profunda del sentido de pertenencia y del propósito existencial.

La jubilación como duelo: una mirada tanatológica

Desde la Tanatología comprendemos que las pérdidas no se limitan a la muerte de un ser querido. También experimentamos duelos cuando debemos despedirnos de etapas, capacidades, vínculos o identidades que han dado significado a nuestra existencia.

Para un médico, dejar de ejercer puede significar despedirse de sus pacientes, de la consulta, de sus responsabilidades y de una manera particular de relacionarse con el mundo. Se trata de una transición que merece reconocimiento y acompañamiento, especialmente cuando la profesión ha ocupado un lugar central en su proyecto vital.

Viktor Frankl, desde su pensamiento existencial, nos recuerda la importancia de encontrar sentido en la vida, incluso cuando nuestras circunstancias cambian. Esta perspectiva nos permite comprender que el propósito humano no tiene por qué desaparecer con la jubilación, sino que puede transformarse y encontrar nuevas expresiones.

La pregunta, entonces, no debería limitarse a cuándo dejamos de trabajar, sino a cómo aprendemos a reconocernos más allá de aquello que hacemos.

La dimensión bioética de la longevidad profesional

Desde la Bioética, la continuidad del ejercicio médico exige un equilibrio entre principios fundamentales.

La autonomía reconoce el derecho del profesional a participar en las decisiones sobre su propia trayectoria. La beneficencia y la no maleficencia nos recuerdan que toda práctica médica debe orientarse al bienestar y a la seguridad del paciente. La justicia exige evitar discriminaciones injustificadas por razón de edad, sin renunciar a la evaluación responsable de las competencias necesarias para ejercer.

El envejecimiento no constituye, por sí mismo, una incapacidad. La experiencia clínica, el juicio prudencial y la comprensión humana pueden enriquecerse con los años. Sin embargo, reconocer el valor de la experiencia no significa ignorar los cambios individuales que pueden acompañar al envejecimiento.

El verdadero desafío bioético consiste en encontrar criterios justos, individualizados y responsables que permitan reconocer tanto el derecho a continuar ejerciendo como el derecho a retirarse dignamente.

¿Quién cuida de quienes han dedicado su vida a cuidar?

Esta pregunta nos conduce a una dimensión frecuentemente olvidada. Durante décadas, los profesionales de la salud aprenden a reconocer el sufrimiento ajeno, pero no siempre encuentran espacios para expresar sus propias pérdidas, temores y vulnerabilidades.

La jubilación puede despertar preguntas existenciales profundas: ¿quién soy cuando ya no tengo pacientes?, ¿qué lugar ocupo cuando mi experiencia deja de ser solicitada?, ¿cómo encuentro sentido cuando una etapa que definió mi vida llega a su fin?

Estas preguntas no deberían interpretarse como debilidad, sino como expresiones legítimas de nuestra condición humana.

Desde una perspectiva humanista, acompañar el envejecimiento profesional implica reconocer que el médico también es una persona vulnerable, con necesidades emocionales, vínculos, expectativas y derecho a construir nuevas formas de realización personal.

La dignidad no se jubila

Quizá uno de los grandes desafíos de nuestra sociedad sea dejar de confundir el valor humano con la productividad. Hemos aprendido a reconocer a las personas por lo que hacen, por los cargos que ocupan y por los servicios que prestan, olvidando que la dignidad humana es intrínseca y no depende de nuestra utilidad.

El médico que desea continuar ejerciendo merece respeto y una valoración justa de sus capacidades. Pero también lo merece quien decide cerrar su consulta y comenzar una nueva etapa.

La longevidad digna no debería medirse únicamente por cuántos años permanecemos activos, sino por nuestra posibilidad de vivir cada etapa con autonomía, reconocimiento, vínculos significativos y sentido.

Y quizá la reflexión más importante sea comprender que, aunque llegue un día en que ya no tengamos pacientes esperando nuestra atención, nuestra existencia no habrá perdido su valor.

Porque la profesión puede concluir, la vocación puede transformarse y nuestras responsabilidades pueden cambiar, pero aquello que hemos entregado a los demás permanece como parte de nuestra historia.

La verdadera grandeza de una vida dedicada a cuidar no se mide solamente por cuánto tiempo fuimos necesarios, sino por la humanidad con la que acompañamos a otros y por la capacidad de reconocernos igualmente dignos cuando llega el momento de ser cuidados.

Y entonces surge una pregunta que merece acompañarnos mucho más allá de la medicina:

Después de haber dedicado una vida entera a cuidar de los demás, ¿hemos aprendido también a cuidar de nosotros mismos cuando llega el momento de soltar?

Esta reflexión está inspirada en las palabras de mi querida amiga Jeannette y dedicada a quienes han hecho del cuidado una vocación de vida.

Aunque he centrado mis reflexiones en los médicos, también son válidas para aquellos profesionales sanitarios que atienden directamente a los enfermos, como enfermeros/ras, fisioterapeutas, logopedas, odontólogos y podólogos.

Gabriela Traviesa:Tanatóloga y Bioeticista Clínica.

Humanizing Life at Every Stage