«Sarco», el sarcófago para facilitar el suicidio asistido.

Hace días se publicó la noticia de una nueva tecnología para el suicidio asistido. Suiza ha legalizado ‘Sarco’, la máquina que lo facilita sin necesidad de involucrar al médico.

No hace falta ser muy inteligente para diseñar una máquina con esta finalidad. El sujeto que quiere suicidarse se introduce en la cámara, activa el sistema, se duerme y muere de forma indolora y rápida después de haber inhalado una cantidad determinada de nitrógeno. ¿Cómo es posible que a nadie se le haya ocurrido antes? Probablemente porque muchos (en el caso de los médicos, la mayoría) consideramos que suicidarse es indigno e inmoral, aunque los inventores de Sarco (Philip Nitschke y Alexander Bannink) digan que su máquina “ayuda a las personas a morir de forma digna”.

Al leer esta noticia recordé algunas ideas de G.K. Chesterton escritas en su libro “Ortodoxia”, mucho antes de la fabricación de “Sarco”. Estoy tan de acuerdo con ellas que copio algunos de sus párrafos:

“Vivimos demasiado. Y si la vida plena es por lo común tan rara, aunque tolerable, no han de valer la pena el esfuerzo de nacer y la pompa de este mundo. Sé que este sentimiento impregna nuestra época, y en mi opinión lo congela”.

“Bajo la creciente sombra de Ibsen, surgió la idea de que el suicidio podía ser un acto hermoso. Los modernos nos decían solemnes que ni siquiera debíamos decir «pobre hombre» de quien se había volado la tapa de los sesos, pues se trataba de una persona digna de envidia y solo se la había volado por su excepcional excelencia. El señor William Archer incluso llegó a insinuar que en la edad dorada habría máquinas automáticas con las que uno podría suicidarse introduciendo un penique por una ranura”.

“Descubrí que en semejante cuestión yo era totalmente hostil ante muchos que se las daban de liberales y de humanitarios. El suicidio es el mal definitivo y absoluto, la negativa a interesarse por la existencia y a pronunciar el juramento de fidelidad a la vida. Quien mata a un hombre, mata a un hombre. Quien comete suicidio, mata a todos los hombres y, por lo que a él respecta, borra el mundo de un plumazo. Su acto es peor (desde el punto de vista simbólico) que cualquier violación o atentado con dinamita, pues destruye todos los edificios y ofende a todas las mujeres. El ladrón se contenta con los diamantes, en cambio el suicida no: en eso consiste su crimen. El ladrón rinde un homenaje a su botín, aunque no a su dueño. Sin embargo, el suicida insulta todo lo que hay en la tierra al negarse a robarlo. Desfigura las flores al negarse a vivir por ellas. Desdeña con su muerte incluso a la criatura más minúscula de la tierra. Cuando alguien se cuelga de un árbol, las hojas deberían caer enfadadas y los pájaros alejarse furiosos, pues todos ellos han recibido una ofensa personal. Por supuesto que puede haber patéticas excusas emocionales para un hecho semejante, como suele haberlas para la violación y las hay casi siempre para los atentados con dinamita. Pero, puestos a aclarar las ideas y el significado de las cosas, hay mucha más verdad racional y filosófica en ser enterrado en una encrucijada atravesado con una estaca que en la máquina de suicidio automático del señor Archer. Tiene sentido enterrar apartado al suicida. Su crimen es diferente de todos los demás, pues convierte en imposible incluso el crimen. Por esa misma época leí una solemne frivolidad de no sé qué librepensador que afirmaba que el suicida era equivalente al mártir. Esa evidente falacia me ayudó a aclarar la cuestión. Obviamente es más bien lo contrario. Un mártir es alguien que aprecia tanto lo que le rodea que renuncia a su propia vida. Un suicida es alguien a quien le importa tan poco lo que le rodea que desea verlo desaparecer. El primero quiere que algo empiece, el segundo que todo desaparezca. En otras palabras, el mártir es noble, exactamente porque (por más que renuncie al mundo o execre a toda la humanidad) admite ese último vínculo con la vida: muere para que algo pueda vivir. El suicida es innoble porque carece de ese vínculo con el ser: es un mero destructor, espiritualmente destruye el universo.”

Isabel Coma Canella

William Archer (1856-1924) fue un dramaturgo y crítico teatral escocés.