Xavier Symons, BioEdge, Roberto Esteban Duque, Universidad Francisco de Victoria (Madrid) y Ángel Guerra, AGABI.
Un artículo que invita a la reflexión en la última edición de The American Journal of Bioethics considera cómo los conceptos teológicos cristianos pueden enriquecer el discurso bioético actual. Los autores Michael McCarthy (Universidad de Loyola), Mary Homan (Facultad de Medicina de Wisconsin) y Michael Rozier (Universidad de Saint Louis) argumentan que los conceptos cristianos de dignidad humana, pecado y bien común pueden aportar profundidad analítica y claridad a los debates en un conjunto de subcampos bioéticos, incluidas las discusiones sobre ética clínica, ética de la investigación y ética de la salud pública.
En esencia, afirman que: «un enfoque cristiano de la bioética puede aumentar el discurso bioético al proporcionar una descripción teológica profunda de la persona humana».
Los autores comienzan su artículo con un comentario sobre el declive del diálogo entre los moralistas cristianos y los bioeticistas modernos. Los teólogos cristianos tuvieron un impacto significativo en la bioética en sus inicios, pero la influencia del pensamiento religioso en la bioética ha disminuido en los últimos años. Los autores argumentan que esto se debe tanto al creciente secularismo en la sociedad como al fracaso de los especialistas en ética cristiana para ilustrar la relevancia que los conceptos cristianos tienen en la bioética contemporánea. Esta «ruptura de la comunicación» es lamentable, y los autores expresan el deseo de establecer un nuevo diálogo entre el pensamiento moral cristiano y la bioética secular.
Para demostrar la importancia de los conceptos morales cristianos, los autores proporcionan una serie de figuras éticas de diferentes subespecialidades de la bioética (ética de la investigación, ética de la salud pública, etc.) y consideran cómo el pensamiento moral cristiano podría enriquecer nuestro pensamiento sobre estos temas.
El artículo es ciertamente una lectura estimulante y admirable en su intento de compatibilizar el pensamiento ético cristiano con las preocupaciones de la bioética contemporánea. Sin embargo, su estilo diplomático, denota, a mi entender, un cierto complejo de inferioridad, y una brecha intelectual profunda: el descuido, o desconocimiento por parte de los autores de la metafísica.
Ni el filósofo griego Aristóteles, ni el romano Boecio (siglo V d. C.), ni Tomás de Aquino (siglo XIII d. C), ni los filósofos personalistas de los siglos XIX y XX (Jacques Maritain, Emmanuel Mounier, Maurice Nedoncelle, Karol Wojtyła y Romano Guardini, entre otros) emplean en sus argumentos ideas religiosas para defender lo que es una persona humana y su dignidad intrínseca; son metafísicos realistas o fenomenologistas.
En primer término, entienden como persona humana a todo ser engendrado por otras personas humanas, directamente o gracias a su patrimonio genético. En segundo lugar, consideran que la persona humana no es únicamente un factum físico genético o neuronal, como lo hace todo materialismo en sus múltiples manifestaciones (positivismo, mecanicismo, transhumanismo, animalismo …). En tercer término, rechazan que la persona humana sea un factum social, como pretende el existencialismo, para el que la persona humana se construye por la cultura y la libertad. La definición de los filósofos realistas es puramente filosófica: “todo individuo de naturaleza racional es una persona”; Dios es persona, como lo es un ángel, y es precisamente su espiritualidad lo que incluye su dignidad. Sin embargo, en el ser humano hay una unidad sustancial y esencial de cuerpo y espíritu, que no se da en las otras dos personas enunciadas. La persona humana es, pues, un cuerpo espiritualizado o un espíritu encarnado, que vale por lo que es y solo por las operaciones que lleva a cabo, es decir; se es persona en virtud de la espiritualidad, pero persona humana se es en virtud de la unidad corpóreo-espiritual. Con palabras metafísicas: “el obrar sigue al ser”, mientas que en las concepciones materialistas y existencialistas es el “ser el que sigue al obrar”. Este juego de palabras no es un capricho, ni un galimatías, sino un aserto filosófico de primera importancia, que posiciona al pensador en dos opciones opuestas, con consecuencias prácticas trascendentales. En cuarto lugar, y para finalizar estas argumentaciones, los filósofos personalistas consideran que la persona humana es “un “yo” con dimensiones reflexivas (apertura al propio ser), comunitarias (apertura al cosmos, a la sociedad y a la historia), y participativas (apertura a la metafísica).
Una antropología integral muestra que el fundamento de la dignidad humana no se debe únicamente a que el hombre y la mujer hayan sido creados a imagen y semejanza de Dios. Esto es verdad, pero no se necesita para establecer un diálogo con los bioeticistas modernos y secularizados, quienes consideran que para ser persona no basta con ser humano, sino que es preciso poseer la cualidad que aporta la capacidad de actuar de modo autónomo. Pero… ¿Qué autonomía tiene un embrión humano, o un niño hasta la mayoría de edad, o un discapacitado, o un anciano en su etapa de decrepitud más avanzada? Con este criterio se deja fuera a mucha gente. Lamentablemente, este es, con frecuencia, el enfoque bioético moderno, que no se realiza desde la persona humana como la entienden la metafísica realista o fenomenologista, sino desde el punto de vista exclusivo de la normativa, lo que conlleva reducir la bioética a la regulación de los comportamientos o a la resolución de problemas límite, como es, por ejemplo, la eutanasia.



