
Una inyección y en pocos minutos la paciente deja de vivir
Antes de difundir el artículo titulado “Si hoy matamos a Noelia” de Juan Carlos Girauta, publicado esta mañana en El Debate, pensamos conveniente recordar quién es Noelia Castillo Ramos, la joven que morirá hoy tras solicitar la eutanasia, y lo que hacemos de la mano del artículo de Carlos Merenciano, publicado hoy en Faro de Vigo.
Su historia, marcada por el dolor y una larga batalla judicial, culmina con el aval del Tribunal Europeo de Derechos Humanos.
La historia de Noelia Castillo Ramos no empieza en los tribunales ni en el debate público, sino mucho antes, en una infancia complicada. Nacida en Barcelona, creció en un entorno inestable que la llevó a pasar parte de su niñez dentro del sistema de protección de menores, sin una red familiar sólida que la sostuviera.
Su vida cambió de forma irreversible siendo aún joven. Tras sufrir una agresión sexual múltiple, intentó quitarse la vida lanzándose desde un quinto piso. Sobrevivió, pero con graves secuelas: quedó parapléjica y desde entonces convive con un dolor constante que ha condicionado por completo su día a día. A partir de ese momento, su realidad pasó por centros sociosanitarios y una situación de dependencia extrema.
Con el paso de los años, ese sufrimiento físico y emocional se convirtió en el eje de su vida. Sin apoyo estable y con un diagnóstico considerado por la justicia como “grave, crónico e imposibilitante”, Noelia inició un camino largo y complejo para poder decidir sobre su final. Su caso fue escalando judicialmente hasta llegar al Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que terminó avalando su decisión.
En paralelo, su historia también ha estado marcada por un conflicto familiar. Mientras su padre trató de impedir el proceso por vía judicial, su madre ha optado por acompañarla en el tramo final. “No estoy conforme, pero siempre voy a estar a su lado”, ha asegurado en Y ahora Sonsoles, reflejando el dolor que ahora atraviesa el entorno más cercano.
Lejos del foco mediático durante años, Noelia ha dado recientemente el paso de contar su historia en televisión: “Yo simplemente quiero irme en paz y dejar de sufrir”, explicó en el formato de las tardes en Antena 3. Su decisión, fijada para este 26 de marzo, pone fin a una vida atravesada por el dolor abre, una vez más, el debate sobre el derecho a una muerte digna.

Noelia Castillo Ramos
Juan Carlos Girauta. El Debate.
Si hoy matamos a Noelia porque lo pide, sin tener en cuenta que las palabras de alguien con un trastorno mental grave, sin tratamiento, son inatendibles y las debe traducir un buen psiquiatra (no hay muchos), se romperá la esperanza, se declarará en silencio el fin de una era, será forzoso ver en el Estado al enemigo
No hace falta ser abogado ni cristiano, aunque sea ambas cosas el que firma, para entender las implicaciones de matar a Noelia. Quiera Dios que no suceda, que esta tarde se imponga la razón razonable (que diría Antonio Marzal) a la razón totalitaria. No deberíamos apelar a la misericordia, ni a un credo, cuando todos los caminos de un orden sociopolítico que reconozca los derechos fundamentales conducen, sin torcerlos, a la misma conclusión: matar a Noelia es un acto de maldad. Por supuesto, un acto de maldad embellecido por reclamos de lo opuesto. Un antihumanismo disfrazado de humanitarismo, una crueldad indescriptible travestida de compasión, una perversidad asesina con el antifaz de las buenas causas. Porque hace mucho tiempo que los homicidas por afición y los enemigos de la especie perpetran sus infamias dándoselas de buena gente. Solidaria y avanzada. Muy avanzada.
Son la escoria de la modernidad, todo lo que va quedando de ella una vez desaparecidas toda la ambición y la provocación creativa. Incapaces de epatar a nadie, empezaron a practicar la ofensa profunda y personal para que el populacho se regocijara en el padecimiento de las víctimas. Nada gusta más a la masa que un linchamiento. Si el linchado es un inocente tan limpio, tan carente de culpa como Noelia, entonces el mecanismo del chivo expiatorio cumple su papel inveterado. Pero nunca de manera más hipócrita. Si quieren ofrecer sacrificios humanos a sus nuevas divinidades (herederas todas de la diosa Razón), ¿por qué no se degüellan ellos, y así desalojan un poquito el planeta? ¿No disfrutaban tanto cuando la pandemia con aquellas imágenes de las avenidas desiertas? Qué maravilla, un mundo sin nadie.
Pero estos hijos de Satanás nunca piensan en sí mismos cuando largan el rollo de que sobra gente. Todas las pruebas juntas del error nuclear de Malthus podrían llenar mil bibliotecas, pero la canalla de la buena muerte (ajena) no se ha enterado. En modo alguno cabe apelar a su sentido humanitario porque este, en ellos, consiste en invertir las culpas del Holocausto, en celebrar al régimen que cuelga a los homosexuales mientras aquí celebran el orgullo. Si hoy matan a Noelia, la matamos todos. Ellos porque son asesinos y sádicos que requieren aplausos a su bonhomía, y nosotros por no haber conseguido detenerlos, por no haberles impedido llegar al poder, por no haber sido lo bastante fuertes e inteligentes para arrebatarles la hegemonía cultural.
Si hoy matamos a Noelia porque lo pide, sin tener en cuenta que las palabras de alguien con un trastorno mental grave, sin tratamiento, son inatendibles y las debe traducir un buen psiquiatra (no hay muchos), se romperá la esperanza, se declarará en silencio el fin de una era, será forzoso ver en el Estado al enemigo. Porque no la protegió cuando debía tutelarla, porque metió a sus violadores en nuestra casa y porque ahora quiere sacársela de encima para que su presencia, su existencia, no recuerde a los gestores de lo público lo mierdas que son.
Valoración bioética del Observatorio de Bioética (UCV) con la que coincide plenamente la Asociación Gallega de Bioética (AGABI). Aunque emitida cuando el caso estaba todavía en una primera fase judicial, consideramos que es válida y está vigente para todo el proceso.
Julio Tudela y Ester Bosch. Observatorio de Bioética, 14 marzo de 2025
El respeto a la autonomía del paciente psiquiátrico implica la necesidad de una cuidadosa valoración de su capacidad para la toma de decisiones no maleficentes, de consecuencias irreversibles en muchos casos. La aplicación de la eutanasia a estos pacientes es la consecuencia del fracaso asistencial del sistema que la promueve. En lugar de recibir la atención clínica y el acompañamiento que necesitan, se les facilita el suicidio asistido o la eutanasia, traicionando los principios de la medicina cuyo objetivo es curar, paliar, prevenir y cuidar.
Como ha abordado previamente el doctor Mariano Casado Blanco en un informe publicado en nuestro Observatorio, “diferentes estudios han demostrado que el deseo de morir que manifiesta un paciente en un momento determinado no se mantiene estable en el tiempo y está directamente relacionado con otras variables que pueden ser tratadas oportunamente y de manera satisfactoria, impidiendo determinadas conductas de tipo impulsivo”.
Tomar una decisión firme, libre y autónoma, como afirma en este caso la fiscalía, no implica que esta decisión deba ser secundada. De manera firme, libre y autónoma alguien opta por destruir la propia vida o la de otros, o hacer daño de distintas maneras, lo que implica la necesaria limitación del ejercicio de su libertad, aunque fuera firme y autónoma.
El paciente que pide morir, lo que en realidad necesita es ser atendido, aliviado, acompañado y tratado en sus sufrimientos. Provocarle la muerte supone una forma de abandono injustificable, impropia de una civilización que debería ocuparse más de sus miembros más débiles.
Nota final: es muy probable que, lamentablemente, Noelia haya dejado de vivir cuando publicamos este artículo. Descanse en paz.