
Mejorar las capacidades físicas, cognitivas y psicológica mediante tecnología.
El transhumanismo es una ideología tecnocientífica según la cual los seres humanos podrían —e incluso deberían— mejorar sus capacidades físicas, cognitivas y psicológicas mediante medios artificiales. Este proyecto, impulsado principalmente por movimientos intelectuales e industriales anglosajones, busca trascender la condición humana natural, considerada demasiado frágil, limitada o incluso obsoleta. Se basa en la convicción de que el sufrimiento, la enfermedad, el envejecimiento e incluso la muerte son obstáculos que deben superarse mediante el progreso científico (genética, inteligencia artificial, nanotecnología, etc.). El transhumanismo no se limita a curar; busca potenciar; no pretende restaurar una función, sino crear otras nuevas. Así, los seres humanos se convierten en objeto de un proyecto tecnológico: ya no se reciben, sino que se fabrican.
Sin embargo, esta visión del mundo, por muy seductora que parezca, plantea importantes riesgos —científicos, sociales, filosóficos y bioéticos— para nuestro futuro común.
- Una ruptura antropológica
El primer peligro es de naturaleza antropológica. El transhumanismo rompe con la idea clásica de una naturaleza humana estable y común a todos. Desmantela la frontera fundamental entre humanos y máquinas, entre humanos y animales, e incluso entre humanos y la propia idea de naturaleza humana. Al pretender redefinir la humanidad, prepara una nueva forma de selección que no se atreve a pronunciar su nombre: solo aquellos con acceso a tecnologías de mejora serán considerados «válidos», mientras que los demás se convertirán en «infrahumanos». Esta lógica podría conducir a una neoeugenesia técnica, donde ya no bastará con eliminar los embriones considerados deficientes (como ya se practica en el diagnóstico genético preimplantacional), sino que se crearán seres a la carta: optimizados, rentables, conformes a los deseos parentales o comerciales.
- Un cambio de la medicina a la ingeniería.
Tradicionalmente, la medicina se basa en la alianza terapéutica: cuida a una persona enferma, vulnerable y finita. El transhumanismo transforma esta vocación, orientándola hacia la ingeniería del rendimiento. La curación ya no es suficiente; se exige optimización. En consecuencia, la medicina se convierte en el vehículo de un proyecto ideológico. El embrión deja de ser un ser digno de acogida para convertirse en un producto a clasificar. El cuerpo deja de ser una realidad digna de respeto para convertirse en un material a moldear. Esta lógica desafía profundamente la dignidad humana, que se fundamenta no en las capacidades, sino en el simple hecho de pertenecer a la especie humana. Cuando la medicina pierde su propósito —la curación—, pierde su esencia
3. Aumento de las desigualdades
El transhumanismo también exacerba las divisiones sociales. El acceso a las tecnologías de mejora (implantes neuronales, prótesis aumentadas, modificaciones genéticas, etc.) será costoso y desigual. Una élite tecnológica y económica podría así apropiarse de ventajas biológicas, ampliando la brecha entre los «mejorados» y los «naturales». La solidaridad humana, fundada en el reconocimiento de nuestra vulnerabilidad compartida, podría disolverse en una competencia generalizada, donde la humanidad queda reducida a mero capital explotable. Una vez introducida en el ámbito de los organismos vivos, la lógica del mercado corre el riesgo de mercantilizar la vida misma: gametos, embriones, úteros, órganos e incluso cerebros.
4. La eliminación de la vulnerabilidad como un espacio de humanidad.
Uno de los mayores riesgos es negar la vulnerabilidad inherente a la humanidad. Querer eliminar el sufrimiento, la vejez, la dependencia o la muerte no solo es irrealista, sino que equivale a negar lo que nos hace humanos. La dependencia es fundamental en nuestras relaciones: es a través de ella que nacen la empatía, la solidaridad y la ternura. Al eliminar la fragilidad, el transhumanismo amenaza con alienar a la humanidad de su propia especie. La tentación de la autocreación se convierte también en la tentación de la autodestrucción. Al intentar eliminar sus limitaciones, la humanidad corre el riesgo de perderse a sí misma. Como dijo Paul Valéry: «Ahora sabemos, como civilizaciones, que somos mortales».
En conclusión, el transhumanismo promete una humanidad «mejorada», pero corre el riesgo de hacernos perder aquello que da sentido a la vida humana: la aceptación, la generosidad, la alteridad, la interdependencia y la transmisión del conocimiento. El ser humano aumentado, tal como lo concibe el transhumanismo, es un ser humano despojado de su profundidad. El verdadero progreso reside en proteger a la humanidad, no en transformarla a riesgo de aniquilarla. Hoy, no debemos negar las innovaciones, sino ponerlas al servicio de una bioética de respeto absoluto a la vida. Porque cualquier tecnología que ya no reconozca la dignidad incondicional de todo ser humano —incluidos los más pequeños, los más frágiles, los más limitados— representa un peligro para el futuro.
Desde mi humilde punto de vista, humano, me preocupa que se quiera jugar a ser Dios. Aunque no se quiera admitir por determinados sectores interesados, Dios sabe más. ¿Qué es el ser humano para querer «bajo el manto de la bondad» destruir la esencia de la naturaleza humana?. Las máquinas que sigan siendo máquinas y los humanos, … humanos.
Cómo bien se ha dicho antes: El verdadero progreso es cuidar el legado que se no ha dado: creced y multiplicaos.
La mejora de rendimiento del ser humano, propuesta por el Transhumanismo, ¿para qué, para competir contra máquinas?
y … ¿donde queda el amor? La I.A. que siga su progreso, pero ayudando al ser humano, no para competir contra él.
Saludos