
Hay muchos puntos de vista desde los que estudiar el fenómeno del movimiento transgénero – psicológico, sociológico, histórico, médico, político… – pero seguramente el más fundamental sea el metafísico. Esta es una palabra que se usa comúnmente como sinónimo de abstruso y poco práctico. Sin embargo, y en realidad, es la más práctica de todas, ya que la metafísica es la parte de la filosofía que trata del ser, de sus principios, de sus propiedades y de sus causas primeras, es decir, de lo que significa “ser real”. Aplicada a la antropología, la metafísica es el análisis de lo que el hombre es: la realidad y la estructura de la vida humana. Por ello, es coherente que la antropología metafísica pueda preguntar a las personas transgénero: ¿es real la sensación de “estar atrapado en el cuerpo equivocado”? La contestación dependerá de lo que sea fundamentalmente real: la mente o el cuerpo. Desde esta perspectiva, están en juego cuestiones de gran importancia para toda nuestra civilización en el debate trans.
En el último número de The Journal of Medicine & Philosophy Melissa Moschella, profesora de la Universidad Católica de América, hace consideraciones metafísicas sobre las afirmaciones de las personas transgénero. También se pueden seguir sus explicaciones en una conferencia, disponible en youtube.
Moschella señala que las afirmaciones trans son un ejemplo de la antigua filosofía del dualismo, a lo que, por claridad y precisión, añado yo que esta filósofa se refiere al dualismo entendido a partir de Descartes, porque si no lo dicho no se entiende bien. Es este filosofo quien afirma: «tengo un cuerpo al que estoy estrechamente unido; sin embargo, puesto que por una parte tengo una idea clara y distinta de mí mismo, según la cual éste es una cosa extensa, que no piensa, resulta cierto que yo, es decir, mi alma, por la cual soy lo que soy, es entera y verdaderamente distinta de mi cuerpo» (VI Méditation en Oeuvres, IX-1, ed. Adam y Tannery, París 1964, 62).
La explicación del cuerpo equivocado de la identidad transgénero presupone una antropología dualista cartesiana según la cual el «yo», o «el mí mismo», es esencialmente una entidad consciente, pensante y sensible que habita, pero no es idéntica a un cuerpo en particular. Porque solo al negar que el cuerpo es un componente esencial e intrínseco de la identidad personal se puede afirmar que existe un desajuste entre el cuerpo y el yo.
En otras palabras, la perspectiva trans presupone que el cuerpo no es real; sólo lo que sentimos, pensamos e imaginamos puede pretender ser real. Siendo ese el caso, todo encaja para los simpatizantes de la ideología trans. Pero esto contradice la experiencia: «somos cuerpos, y cualquier cuerpo que seamos es, por tanto, necesariamente el cuerpo ‘correcto'», y, además, contradice el concepto dualista de la filosofía aristotélico-tomista donde se concibe al ser humano (hombre y mujer) no como yuxtaposición de dos sustancias −el cuerpo y el alma−, sino la unidad de dos principios constitutivos, el material y el espiritual, que constituyen una unidad sustancial y específica, mas no con la misma función en el compuesto. Esta explicación filosófica «muestra no sólo la importancia de su corporalidad en la definición de la identidad del ser humano sino también la presencia de un principio formal espiritual que le dota de una especificidad respecto al resto de los seres vivos tanto en el conocimiento como en el querer, permitiéndole una vida ética por la cual despliega las potencialidades de su ser» (Sánchez-Palencia, 2021).
El dualismo, entendido como lo entiende Descartes y, posteriormente, otros filósofos “modernos”, se está utilizando ahora como una herramienta para argumentar que todos, no solo las personas transgénero, son “mentes atrapadas en cuerpos” (Platón), que a menudo se describen con el feo término «saco de carne» : un cuerpo que no es de su agrado. El dualismo cartesiano es una filosofía de disociación corporal. Alcanzar un nivel de autoaceptación, y mucho menos de sabiduría o un sentido de integración personal utilizando tal filosofía es una tarea infructuosa. En contraste, una filosofía de la personalidad en la que la mente está integrada con el cuerpo ayuda a comprender adecuadamente la realidad de las cosas.
Moschella señala que la visión biológica de la experiencia humana es la visión real. Independientemente de si hay o no aspectos de nuestra identidad que van más allá de nuestra identidad biológica, ésta es esencial e intrínseca a nuestra identidad personal. En otras palabras, soy mi cuerpo, incluso si hay aspectos de mí que trascienden la dimensión corporal de mi ser.
Parecería que estas “disquisiciones metafísicas” carecen de importancia, pero tiene consecuencias importantes para la bioética y la medicina transgénero: Aceptar las afirmaciones de identidad transgénero y realizar intervenciones médicas y quirúrgicas sobre la base de tales afirmaciones no es una respuesta verdaderamente responsable o compasiva para quienes sufren de disforia de género, sino que probablemente resulte en un daño profundo, al menos a largo plazo.
Ángel Guerra